Por Gabrie’l Atchinson
Una mañana nevada de 2019, manejé hasta el campus sur del Erie Community College para impartir la sección sobre el medio ambiente de mi curso de Introducción a la Sociología. Hablamos del activismo de las jóvenes ambientalistas Greta Thunberg, Autumn Peltier y Leah Thomas.
Durante mi clase, señalé que en un lugar como Buffalo, una nevada ocasional podría hacer que se cancelaran las clases por un día; sin embargo, que todo el estado de Nueva York quedara paralizado dos veces en una misma temporada debido al clima no tenía precedentes. Mientras el gobernador Cuomo y la policía estatal detenían y multaban a los conductores de camiones en las autopistas cerradas, me preguntaba cuán perturbadores debían de haber sido esos días para nuestra economía. Debemos esperar tormentas invernales más intensas y perturbadoras, así como veranos cada vez más agobiantes.
Sin embargo, lo que inicialmente me hizo apasionarme por los temas medioambientales fueron las secuelas del huracán Katrina. En este caso, un desastre natural agravado por el racismo causó la muerte y el desplazamiento forzado de personas que se parecían a mí. Ya no podía ver los temas medioambientales como algo separado de la justicia económica y racial. Las comunidades BIPOC (negras, indígenas y de color) a menudo no pueden recuperarse de los desastres naturales, ni siquiera sobrevivir a ellos. A medida que enfrentamos temperaturas extremas, tormentas, incendios y prolongados cortes de luz en nuestro país, debemos tener presente que las personas más vulnerables sufrirán y morirán de manera desproporcionada.
El racismo medioambiental (o injusticia medioambiental) también pone de relieve las formas en que los riesgos medioambientales provocan disparidades de salud duraderas para las comunidades BIPOC. Crecí en el sur del Bronx, donde los niños negros y morenos padecen y mueren de asma de manera desproporcionada. La Autopista Cross Bronx, terminada un año después de mi nacimiento, fue diseñada para conectar los suburbios con los centros de empleo de Manhattan, sin tener en cuenta en absoluto el bienestar de la gente de los barrios del Bronx. Los urbanistas eligieron mi barrio como un buen lugar para almacenar y verter residuos tóxicos. Las comunidades aquí en Buffalo enfrentan desafíos similares de salud pública debido al Puente de la Paz y a la Autopista Scajaquada.
Mi participación en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Clima de este año (conocida como COP26) me ayudará a situar nuestras preocupaciones locales en un contexto global. Ya he aprendido que, en todo el mundo, son siempre quienes menos contribuyen al cambio climático quienes más sufren sus efectos. Si pudiera llevar un mensaje a las personas de fe de mi comunidad, sería este: para muchas personas en todo el mundo, la crisis climática ya está aquí.
La interdependencia es un valor ecofeminista, lo que significa que cada una de nosotras es valiosa y una parte importante del todo. Nos necesitamos unas a otras. Nuestro propósito es crear condiciones en las que todas las personas puedan vivir con dignidad y en armonía con la naturaleza y la tierra. Como administradores de la creación de Dios, tenemos una responsabilidad no solo con el planeta, sino también con las personas que son nuestros vecinos. Un compromiso con la justicia ambiental demuestra nuestro amor por Dios y nuestro compromiso de ser el cuerpo de Cristo aquí en la tierra.

Gabrie’l J. Atchison, quien cuenta con una maestría en religión del Seminario Teológico Episcopal (EDS), es el misionero/a de administración de las Diócesis Episcopales del Oeste de Nueva York y del Noroeste de Pennsylvania, y presidenta del Capítulo Obispo Holly de la UBE (Búfalo, NY).





