Por Chanta Bhan y Melina Dezhbod

Melina y yo nos conocimos cuando estudiábamos en el Seminario Teológico de Virginia. Melina estaba por comenzar su segundo año de estudios y yo estaba terminando un año anglicano como preparación para la ordenación al presbiterio. En cierto modo, Melina era para mí como de la familia. Me gustaba pensar en ella como mi hermana menor. En muchas culturas asiáticas, el parentesco ficticio —un vínculo familiar sin lazo de sangre— conecta a personas de culturas similares, aunque no sean parientes consanguíneos.
Me sentí a la vez encantada y aliviada de conocer a otra seminarista episcopaliana que compartía una identidad compleja. Al haber hablado sobre cómo elegimos ocultar o revelar nuestra identidad personal, estoy agradecida de contar con otra persona que me entiende. Me identifico como pakistaní-estadounidense. Durante varios años, después del 11 de septiembre, tuve miedo y me daba vergüenza definir quién soy porque Pakistán nunca se asociaba con nada positivo, y siempre me sentí como una excepción. Cuando Melina y yo platicamos sobre escribir juntas este artículo, le pregunté a Melina cómo se identificaba y ella expresó: “Como presbítera de Oriente Medio, he estado explorando mi identidad, y estoy agradecida de que me acojan en los grupos de asiático-estadounidenses como una estadounidense de origen mediooriental procedente de Asia Occidental; sin embargo, no estoy segura de que mi voz sea necesaria, ni de que sea mi lugar ocupar ese espacio”.
En mayo nos cuestionamos mutuamente esta idea de “ocupar espacio”, ya que Melina es iraní-estadounidense y yo soy paquistaní-estadounidense, y nuestros países de origen se asocian con el “terrorismo” y las “armas nucleares”. A menudo, el término “asiático” se define como chino, japonés, coreano, filipino y otras etnias más dominantes.
Al mismo tiempo, tal vez sea importante que asumamos quiénes somos y definamos qué espacio ocupamos como presbíteros, ya que podemos ser un estímulo para otras personas que también han interiorizado la invisibilidad. Al reflexionar ambos sobre lo que nos encanta de nuestras respectivas culturas, identificamos que la hospitalidad, la comida sabrosa, la familia y el vínculo histórico con culturas antiguas nos hacen sentir orgullosos de quienes somos y de las culturas que representamos.
Quizás sea nuestro deber ocupar un lugar y redefinir con orgullo nuestro orgullo cultural mientras servimos en la Iglesia Episcopal a través de la esperanza de la reconciliación y de todas las formas en que la resurrección de Cristo da nueva vida a nuestra identidad.
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La reverenda Melina Dezhbod es capellán/ana en el Hospital St. Francis de Hartford, Connecticut, y la reverenda Chanta Bhan es canóniga para el discipulado en la Diócesis Episcopal de Virginia.





