“‘Anamnesis’ es la palabra griega que significa ‘recordar’. Es la palabra que Jesús utilizó en el relato de la institución de la Eucaristía: ‘Haced esto en memoria mía’. Su significado espiritual es que, en el sacramento, lo que se recuerda se convierte en una realidad presente». —El Rvdo. Ken Swanson, de «The Way Forward», en la clase sobre espiritualidad y racismo del Centro Episcopal Absalom Jones para la Sanación Racial
«Lo que se recuerda se convierte en una realidad presente». Esas palabras me resuenan, pues expresan cómo las historias de vida compartidas unen a las personas y construyen, si no una amistad, al menos una comprensión mutua.
Soy una mujer blanca de ascendencia mayoritariamente inglesa. Entre 2015 y 2020 fui llamada a servir en una iglesia de Wisconsin que se estableció en las tierras tradicionales de los ojibwe, en un pueblo a unas 14 millas al este de la reserva de Lac du Flambeau. De la comunidad de Lac du Flambeau surgieron predicadores/as para dar plena expresión a la fe y la Teología indígenas. El servicio fue muy apreciado por la mayoría de los feligreses y atrajo a visitantes de Lac du Flambeau, muchos de los cuales no estaban acostumbrados a que se honraran su música tradicional y sus prácticas de culto en una iglesia cristiana.
Gracias a las relaciones que forjaron nuestros feligreses indígenas, pude participar en un círculo de escucha y sanación gracias a una subvención que nuestros adultos/as jóvenes recibieron de la Iglesia Episcopal. El enfoque de la subvención fue concebido principalmente por un joven de Lac du Flambeau que había participado en el programa White Bison Mending Broken Hearts. En ese programa había encontrado su propio camino para sanar las heridas de su pasado y quería ofrecer algo similar a sus familiares, cuyas vidas también se vieron marcadas para siempre por el dolor de los internados indígenas.
Recibimos la subvención en 2017 y comenzamos un proceso de círculos mensuales de sanación y escucha que duró 18 meses. Primero, tres de nosotros asistimos al mismo programa que había tenido un impacto tan profundo en nuestro líder (como persona blanca, se me permitió asistir al programa gracias a la subvención). Allí aprendí a escuchar más profundamente de lo que jamás lo había hecho en las clases de atención pastoral. Aprendí el verdadero valor de ser simplemente una presencia de la iglesia que reafirma la experiencia indígena y asume, en nombre de la iglesia, el daño que el cristianismo eurocéntrico infligió al exigir que todas las demás formas de relacionarse con Dios fueran inaceptables.
Nuestro pequeño grupo comenzó a reunirse con cualquiera que se sintiera lo suficientemente seguro como para acudir a un internado recuperado por la tribu y convertido en un centro educativo comunitario ojibwe. Nuestra redactora de subvenciones y una sanadora tradicional dirigían las sesiones. Mi papel consistía en ser un testigo fiel y asumir la responsabilidad por el daño causado por la iglesia. Durante cada sesión, pedí perdón en nombre de la Iglesia Episcopal y reafirmé nuestro rechazo a la Doctrina del Descubrimiento.
A través de esto y de otras formas, estoy llamada a salir de los espacios seguros hacia espacios valientes junto a quienes me permiten acompañarlos hasta allí. La mayoría de las experiencias en la comunidad indígena no se centraron en el dolor del pasado, sino que implicaron estar dispuesta a servir como manos y pies en la creación de su futuro, como parte de un grupo llamado Nokomis (que significa «abuela»), fundado por un patriarca dedicado a educar a la mayor cantidad de personas posible sobre el cuidado de la creación según la tradición ojibwe. Poco a poco, a través de las personas que conocí en la iglesia y en grupos interreligiosos, comencé a comprender la amplitud de lo que abarcaban generaciones de experiencias compartidas en esa comunidad indígena en particular.
A veces no estamos llamados a cambiar el mundo por los demás, sino a ser testigos fieles y acompañarlos en su camino para que ellos mismos generen esa transformación. Como personas de fe, no podemos recuperar el tiempo ni las vidas perdidas. Pero podemos practicar la anamnesis, un recuerdo espiritual que no es un historial clínico de los sucesos, sino escuchar la verdad con el corazón, tal como Jesús les pidió a sus seguidores que lo hicieran en su época.
Podemos escuchar y atesorar historias de dolor, resiliencia y fe cuando estamos juntos. Pero primero tendremos que empezar por pedirnos unos a otros que dejemos la actitud defensiva en el pasillo mientras traemos el arrepentimiento a la sala.






