«Quizás no estés 100 por ciento seguro de lo que Dios te está pidiendo, pero sal de todos modos y cambia el mundo: amando a tu prójimo como a ti mismo», dijo la obispa presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori, en su sermón del 23 de octubre.
El Obispo/a Presidente predicó el domingo en la Catedral de San Marcos en Salt Lake City (diócesis de Utah), donde se encuentra reunido actualmente el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal.
A continuación se presenta el sermón del Obispo/a Presidente:
23 de octubre de 2011
Catedral de San Marcos, Salt Lake City
Diócesis de Utah
Consejo Ejecutivo
El Rvdmo. Katharine Jefferts Schori
, Obispo/a Presidente y Primado/a
de la Iglesia Episcopal
¿Qué hacemos ante la muerte de Muamar el Gadafi? ¿Oraremos por él? ¿Podemos encomendarlo a la misericordia de Dios? El destino de Osama bin Laden planteó el mismo tipo de preguntas desafiantes. Estamos unidos, incluso en la muerte. Si nuestra única respuesta ante la muerte de los tiranos es el regocijo, estamos comenzando a perder nuestra propia alma. Cuando Jesús responde a la pregunta sobre la ley más importante, dice: «Ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con toda tu alma, y a tu prójimo como a ti mismo». Eso incluye a los prójimos cuyas acciones parecen irremediablemente malvadas, y a aquellos a quienes algunos llaman enemigos, pues Dios es su creador tanto como el nuestro.
Quizás la pregunta más pragmática tenga que ver con cómo elegimos y aclamamos a los líderes. Los tiranos, déspotas y dictadores solo llegan al poder y se mantienen allí porque un grupo significativo de personas los apoya; no pueden actuar por sí solos. Tampoco los líderes más benevolentes pueden lograr una transformación sustantiva a menos que cuenten con cierto grado de apoyo público.
¿Qué distingue al tirano de un líder más piadoso/a?
Moisés ha guiado a su pueblo a través del desierto del Sinaí hasta las puertas de la tierra prometida. Ha subido a la cima del monte Nebo y puede ver esa tierra prometida al otro lado del río. Probablemente pueda olerla y saborear su polvo en el viento. Pero su liderazgo llega a su fin: va a morir allí, con la meta a la vista. Sin embargo, su obra continuará, dirigida por aquel en quien ha puesto su mirada y su confianza: Josué. Moisés ha escuchado y discernido bien, y Josué va a guiar a este pueblo rebelde a través del Jordán hasta Jericó.
Una parte importante del liderazgo tiene que ver con la sucesión: quién será la siguiente persona en la línea de sucesión y cómo el sistema o la comunidad encontrará a esa persona. Los desafíos en los países de la Primavera Árabe tienen mucho que ver con la ausencia tanto de sucesores eficaces como de sistemas que puedan elegir a un líder capaz. Muchos de los líderes bíblicos llegan al cargo como elecciones muy sorprendentes: los hijos menores, como David; los forasteros y los impuros, como Rahab; los marginados, como Mateo o la mujer del pozo. Creemos que Dios está obrando en el surgimiento de esos líderes.
La carta de Pablo trata sobre su propio liderazgo y sobre cómo los tesalonicenses podrían buscar a otros líderes. Afirma que su propio liderazgo se basa en haber sufrido y haber sido maltratado, pero eso no le ha impedido compartir las Buenas Nuevas. No ha sido engañoso, sino todo lo contrario: transparente, respondiendo ante Dios más que ante quienes quieren silenciarlo. No busca enriquecerse ni ponerse en primer plano; por el contrario, dice que ha sido amable —y humilde, aunque no lo diga con tantas palabras—. Así es la enfermera amable: con los pies en la tierra, sencilla, dispuesta a lidiar con el desorden de la comunidad humana y de las personas. Pablo está ahí para amarlos, con su presencia y su disposición a acompañarlos en su angustia. Él dice: «Nos importan tanto que compartiremos el Evangelio y nos entregaremos por completo». De eso se trata la encarnación.
Moisés también se ha unido a su pueblo en su confusión y desorden, con sus propias quejas e incertidumbre. Dudo que haya habido algún líder verdaderamente eficaz y profético que no haya tenido dudas, que no se haya quejado de la carga que se le impuso. Ciertamente podemos encontrar tanto dudas como cargas en Martín Lutero King —y en Martín Lutero—, en la Madre Teresa y en Teresa de Ávila.
¿Qué hay en nosotros que permita y aliente a los dictadores, a los intolerantes o a los tiranos de pacotilla? Si han logrado reunir seguidores, sin duda tienen dones de liderazgo. ¿Qué nos resulta atractivo en personas como Joseph McCarthy, que despotricaba contra la amenaza comunista, o en líderes de sectas controladoras como Warren Jeffs? A menudo es su falta de dudas. Ante una certeza tan brillante, nos sentimos tentados a ignorar nuestras propias dudas. Podemos dejar de lado el arduo trabajo del discernimiento, podemos deshacernos de la carga y el lamento, y simplemente seguir ciegamente. ¡Por el amor de Dios, hasta Jesús tuvo sus momentos de duda! Cambió de opinión sobre a quién debía servir cuando se encontró con la mujer sirofenicia, quien le pidió que sanara a su hija. Oró por otra opción en el huerto de Getsemaní. Citó el salmo de lamento (Sal 22) mientras colgaba de la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
¿Quiénes somos nosotros para pensar que un solo ser humano, incluso el más divino que conocemos, pueda escapar de ese tipo de duda? El liderazgo consiste en ir tirando con entusiasmo, como dice un amigo mío.(1) La vida de fe tiene que ver con el liderazgo, y se supone que todos debemos estar liderando de alguna manera en nuestras vidas. Eso es realmente lo que nos dice el diácono/a al final del servicio: «Id en paz, amad y servid al Señor». ¿Cómo vas a salir ahí afuera y cambiar el mundo? Aún no hemos llegado a la plenitud del reino de Dios, aún no hemos cruzado por completo hacia la tierra prometida. Aún queda trabajo por hacer, y ese trabajo nos necesita a todos, sosteniendo la visión, como Moisés levantando sus brazos en el Mar Rojo, para guiarnos a través de esas aguas turbulentas hacia la comunidad amada para la que fuimos creados.
Los tiranos y los dictadores tienen poder porque nos quitan la duda creativa —pero solo pueden hacerlo porque sus seguidores renuncian a ella—. Necesitamos líderes que nos inviten a cuestionar y a dudar —a pensar, en lugar de responder al alarmismo negándonos a pensar—. El miedo que infunden los déspotas nos quita la capacidad de pensar cuando desencadena esa vieja reacción de lucha o huida que está arraigada en la parte más primitiva de nuestro cerebro. El miedo intenso a menudo significa que dejamos de pensar y razonar. Puede que sea útil cuando intentamos esquivar a un tigre dientes de sable o a una serpiente, pero una reflexión más profunda probablemente nos ayudaría a evitar a esos depredadores desde un principio.
¿Qué tipo de líderes estamos buscando? ¿Elegiremos o aclamaremos a quienes reúnen seguidores predicando la privación o la exclusión de algunos? ¿Vamos a seguir a alguien que ve el mundo lleno de enemigos? ¿Estamos dispuestos a considerar a líderes que puedan expresar dudas honestas y creativas? Después de todo, no hay lugar para Dios ni para su creatividad cuando el futuro es absolutamente cierto.
De hecho, por eso oramos por los muertos: porque el futuro de Dios incluye a quienes se han ido antes, incluso a los tiranos, déspotas, asesinos y terroristas. Si ellos tienen un futuro, entonces nosotros también lo tenemos, aunque no sepamos exactamente cómo, por qué o cuándo.
Quizá no estés 100 por ciento seguro de lo que Dios te está pidiendo, pero sal de todos modos y cambia el mundo: amando a tu prójimo como a ti mismo. Lleva a otros contigo y trátalo. La disposición a arriesgarse (de manera adecuada) es un signo de liderazgo humilde y auténtico. De eso es de lo que habla Pablo, y eso es lo que hizo Jesús.
Acoge las dudas y las cargas, y compártelas con quienes te rodean. Ese es el don esencial de esta comunidad: es un recordatorio encarnacional de que Dios sigue con nosotros, preguntándose, sufriendo y guiándonos. Nosotros también estamos llamados a preguntarnos cómo encontrar y traer el reino de Dios. Estamos llamados a sufrir la agonía entre lo que es y lo que debería ser, y estamos llamados a unirnos a este cuerpo más amplio y ayudar a guiar hacia esa transformación. Ese es el camino hacia la tierra prometida. Ese camino está lleno de deambular y de preguntarse, y está lleno de vida, esa vida abundante que importa por encima de todo lo demás.
Óscar Romero escribió una oración que habla de esa diferencia entre la certeza de los tiranos y el liderazgo en el camino de Jesús:
«De vez en cuando, ayuda dar un paso atrás y tener una visión de largo plazo.
El reino no solo está más allá de nuestros esfuerzos, sino que incluso está más allá de nuestra visión.
En nuestra vida solo logramos una pequeña fracción de la magnífica
empresa que es la obra de Dios.
Nada de lo que hacemos es completo,
lo cual es una forma de decir que el reino siempre está más allá de nosotros.
Ninguna declaración dice todo lo que se puede decir.
Ninguna oración expresa plenamente nuestra fe.
Ninguna confesión alcanza la perfección.
Ninguna visita pastoral brinda plenitud.
Ningún programa cumple la misión de la Iglesia.
Ningún conjunto de metas y objetivos lo abarca todo.
De eso se trata.
Sembramos las semillas que algún día crecerán.
Regamos las semillas ya sembradas, sabiendo que encierran una promesa para el futuro.
Ponemos los cimientos que necesitarán un mayor desarrollo.
Aportamos la levadura que produce mucho más allá de nuestras capacidades.
No podemos hacerlo todo, y hay una sensación de liberación al darnos cuenta de ello.
Esto nos permite hacer algo, y hacerlo muy bien.
Puede que sea incompleto, pero es un comienzo, un paso en el camino,
una oportunidad para que la gracia del Señor entre y haga el resto.
Quizás nunca veamos los resultados finales, pero esa es la diferencia entre
el maestro constructor y el obrero.
Somos obreros, no el Maestro Constructor; ministros, no mesías.
Somos profetas de un futuro que no es el nuestro».
Salgamos ahí afuera y ayudemos a guiar al mundo hacia un futuro que no es el nuestro.
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(1) Marcus Borg dice que esto es lo que significa ser cristiano.
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