«Ha nacido un niño, un príncipe de la paz que establecerá la justicia, aquí y en toda la tierra», dijo el Obispo/a Presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori, en su sermón de la Nochebuena, el 24 de diciembre, desde la Catedral de San Jorge en Jerusalén.
A continuación se presenta el texto del sermón de Navidad del Obispo/a Presidente:
Nochebuena
, Catedral de San Jorge, Jerusalén, 11:30 p. m.
, 24 de diciembre de 2012
La Rvdma. Katharine Jefferts Schori
, Obispa Presidente y Primada
de la Iglesia Episcopal
¡Les traigo buenas nuevas de gran alegría! Ha nacido un niño, un príncipe de paz que establecerá la justicia, aquí y en toda la tierra. Él será guía y consejero, un gobernante que nos conducirá por caminos de paz, quien derribará muros y enderezará el camino. El profeta promete un príncipe de paz que quemará todas las botas de combate y los uniformes ensangrentados, avivando un fuego para iluminar el camino hacia la justicia y la paz.
Ese mundo aún parece estar muy lejos. Más de 2000 años después, seguimos esperando, anhelando y deseando que esa luz expulse la oscuridad de una vez por todas y nos libere de la larga noche. Nos reunimos esta noche para celebrar el encendido de esa luz en carne humana —en el nacimiento del Santo entre nosotros—. Estamos aquí para recordar y redescubrir la luz que brilla intensamente en la oscuridad, una luz que la oscuridad no apagó —ni en esta tierra hace tantos años, ni a lo largo de los años transcurridos desde entonces—. La oscuridad no prevaleció; no vencerá ni podrá vencer a la luz de Cristo. La luz sigue ardiendo a través de las pruebas y las migraciones, las guerras y las plagas, las maquinaciones políticas y la muerte. La luz está aquí esta noche, ardiendo aún en los corazones humanos encendidos por Dios.
La Santidad viene entre nosotros en la luz y en la oscuridad, tanto cuando más lo necesitamos y estamos desesperados, como en los momentos de alegría. Dios está aquí, Emmanuel.
Recordamos al niño Jesús que nació en una sombría noche de pleno invierno. Su madre María y José se adentraron en la oscuridad, buscando refugio en una noche fría y amarga, sabiendo que el momento del parto estaba muy cerca. Esta noche, en ciudades de todo el mundo, los adolescentes sin hogar siguen luchando por encontrar refugio. En muchas de esas ciudades, hacen fila para ver si un sorteo les proporcionará una cama en un refugio superpoblado. Mañana traerá el mismo desafío: ¿habrá un lugar en la posada?
Recordamos a un niño santo y a su familia huyendo al exilio, refugiados ante un rey terrenal que buscaba silenciar de una vez por todas toda amenaza y oposición. Esta Tierra del Santo aún espera que los líderes terrenales se sientan a la mesa y ofrezcan hogares donde todos los niños puedan crecer y prosperar a la luz de la paz. Oh Señor, tú nos preparas una mesa ante nuestros enemigos, extendés tu banquete y dejas que tu generosidad se desborde. Que el miedo que tus hijos sienten unos de otros sea desterrado por la luz que derramas entre nosotros.
Los imperios de este mundo siguen haciendo la guerra: en Afganistán, en el Mar de China, en Pakistán y en el Congo. Esperamos con inquietud el próximo capítulo en Irán, Siria y Egipto. Danos tu paz, oh Señor; que venga tu reino, y pronto. Danos corazones llenos de esperanza mientras tú llevas a cabo tus designios sobre toda la tierra. Haznos vasos de tu paz, enciéndenos como compañeros de tu llama eterna.
Herodes amenazó a este niño, este bebé de María. Los niños siguen muriendo a manos de los enojados, los confundidos y los poseídos; son asesinados a tiros en las escuelas y convertidos en soldados drogados en guerras de conquista. Señor, libera a tu pueblo de sí mismo. Deja que tus fuegos consuman el armamento de la violencia y los instrumentos de muerte. Enséñanos la paz; deja que la paz prevalezca esta noche y todas las noches.
Los seres humanos, aquí y en todo el mundo, viven con miedo, agredidos por tiranos mezquinos que dominan a otros para escapar de su propio miedo y ansiedad. Dios santo, creador de todos nosotros, recuérdanos la dignidad que otorgas a cada ser humano a través de tu nacimiento en carne humana. Ayúdanos a sostener espejos para ver tu rostro tanto en el tirano como en el prisionero. Enséñanos la equidad en tu abrazo a todo el mundo esta noche. Porque tú naciste en medio de nosotros para sanar toda división.
Dios responde a la oscuridad de los corazones humanos con un pequeño llanto en una tierra ocupada: el llanto de un bebé nacido de una adolescente sorprendida que dijo sí a la abrumadora invitación de Dios. Esa madre y ese niño están protegidos por la compasión de un padre adoptivo, quien ha respondido a otra invitación sorprendente. Jesús es el «sí» de Dios mismo a la humanidad, como se le recuerda en su Bautismo: «Tú eres mi amado; en ti tengo complacencia». El «sí» de Dios vence a la oscuridad, y el «SÍ» de Jesús trae restauración e integridad a la humanidad y a toda la creación. Dios nos dice esta noche: «Ustedes son mis hijos amados, entre quienes me regocijo en morar».
A veces, la invitación a abrazar esa luz divina llega en lugares sorprendentes. Hace dos semanas, en Nueva York, el líder de la mezquita más grande de esa ciudad y el Gran Rabino ashkenazí de Israel se sentaron a compartir una cena de Janucá junto con varios otros rabinos e imanes.[1] Esa cena también estuvo iluminada por velas en la oscuridad. El rabino principal invitó a los imanes a visitar Israel, y varios aceptaron.[2] Hay un destello de luz cada vez mayor en la oscuridad, mientras los hijos de Abraham buscan la paz en esta Tierra de la Santidad.
¿Cómo responderás a la invitación de Dios esta noche? ¿Buscarás la luz en la oscuridad? Nuestro propio «sí» responde al «sí» de Dios encarnado, y la luz de Cristo se enciende dentro de nosotros como una vela en la noche. ¿Acogerá tu propio corazón el nacimiento de Cristo en tu interior? ¿Avivarás y alimentarás esa luz de Cristo para que arda con fuerza y expulse la oscuridad?
Porque nos ha nacido un niño, sanador de la humanidad y de toda la creación, el príncipe de la paz. Esta es, en verdad, una buena noticias de gran alegría para todo el pueblo. Levanta tu voz, expresa tu alegría, canta un canto nuevo y anuncia la luz nacida esta noche en carne humana, Emmanuel. Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a todos los pueblos —a toda la creación de Dios—. Que la luz de Cristo arda dentro de nosotros, entre nosotros y entre todos nosotros. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Que la paz de Cristo se extienda como un fuego que consuma los instrumentos de violencia y guerra. ¡Que esa luz resplandezca como el amanecer! ¡El Sol de justicia ha nacido entre nosotros! La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas nunca la vencerán.
[1] http://www.http://www.cityroom.blogs.nytimes.com/2012/12/12/at-interfaith-luncheon-an-appeal-for-a-miracle//





