El Obispo/a Presidente en el aniversario del terremoto de Haití: «Dios está con nosotros, Dios está aquí, Dios siempre estará aquí»

“Dios está con nosotros, Dios está aquí, Dios siempre estará aquí”, dijo el Obispo/a Presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori, en su sermón en la Catedral de la Santísima Trinidad en Puerto Príncipe el 12 de enero, al conmemorar el tercer aniversario del terremoto de Haití.

El 12 de enero de 2010, un terremoto de gran magnitud sacudió a Haití, causando la muerte de más de 300 000 personas, dejando a más de 250 000 gravemente heridas y dejando a 1,3 millones sin hogar.  Un gran número de edificios públicos y privados quedaron destruidos, entre ellos la Catedral de la Santísima Trinidad y las instituciones episcopales afiliadas ubicadas en el complejo de la catedral.

A continuación se presenta el sermón del Obispo/a Presidente en inglés y en francés, tal como fue predicado.

Aniversario
del terremoto de Haití, 12 de enero de 2013
, Catedral de la Santísima Trinidad, Puerto Príncipe

 

La Rvdma. Katharine Jefferts Schori
, Obispo/a Presidente y Primado/a
de la Iglesia Episcopal


          Hemos escuchado las palabras del Apocalipsis: «Vi la ciudad santa, adornada como una novia… y oí una voz que decía: “La morada de Dios está entre los mortales. Él morará con ellos, enjugará toda lágrima, acabará con la muerte, el luto, el llanto y el dolor”».

            El lamento continúa aquí: ¿dónde está esa ciudad? ¿Encontrarán alguna vez Puerto Príncipe y las demás zonas devastadas de Haití ese tipo de paz y gracia? Tres años después del terremoto, esta nación sigue esperando y anhelando.  Cientos de miles de personas siguen viviendo en tiendas de campaña; la violencia y los secuestros parecen aumentar en lugar de disminuir; la corrupción continúa y, a causa de ella, los donantes se niegan a cumplir sus promesas.

            Sin embargo, y sin embargo… la gente de esta tierra sigue reuniéndose, como lo hacemos hoy, para tener esperanza, orar y recordar la promesa. Dios está aquí en las tiendas —las tiendas de carne humana, así como las de lona y plástico—. Las manos fieles de Dios (en carne humana) enjugan las lágrimas, un niño a la vez.  Se atiende a los enfermos, y a los muertos se les entierra y se les llora, uno por uno. Se recuerda la promesa y se está cumpliendo.

            El buen pastor está obrando, cuidando y reuniendo al rebaño. Ese pastoreo se puede ver, si se observa con atención.  No es la acción de una sola figura humana, sino el acto de todo el cuerpo, la labor de muchos que están dando su vida por las ovejas. Muchos comparten esa labor, pues nadie puede hacerlo todo, y algunos han entregado, literal y definitivamente, lo que les queda de vida para que otros puedan vivir.

            Ese pastoreo es vivificador para otros de muchas maneras, como al marcar a las ovejas con el signo de la cruz en el Bautismo, y al desafiar a los nuevos miembros del rebaño a cuidar de los demás. Los buenos pastores ayudan a las ovejas a encontrar alimento y liberan a las débiles del miedo a la oscuridad o a estar solas.  Los buenos pastores reúnen a las niñas en grupos y les reparten silbatos por seguridad. Los pastores encuentran refugio para las multitudes, construyen escuelas y enseñan a los niños, y los buenos pastores ayudan al rebaño a descubrir o recordar la alegría. ¡Cuando las ovejas cantan y bailan, se puede ver la ciudad santa emergiendo de los cielos!

          El buen pastor tiene la intención de reunir a todo el rebaño, incluso a quienes no pertenecen a este redil. El pastor sigue invitando y reuniendo a todas esas ovejas tan diversas en corrientes cada vez más amplias, que fluyen hacia esa ciudad de la Santidad. 

            Esa ciudad de nuestros sueños —y del sueño de Dios— desea la presencia de todas las ovejas, y de las cabras, y de los prisioneros, y de los cojos, y de los que están de luto, de los tristes y de los alegres y de los malos, todos los cuales serán sanados al entrar. 

          Hemos tenido un anticipo de esa ciudad celestial: en el establo donde nació Jesús. Ese lugar para animales era sin duda oscuro, sucio y maloliente. Dios se hizo carne en un lugar muy parecido a una de esas tiendas que permanecieron tanto tiempo en los Campos de Marte.  Los magos llevaron sus regalos a un lugar así, pues vieron la promesa y compartieron el sueño.  Dios está aquí en medio de nosotros, viviendo en el lodo, pasando hambre, compartiendo con nosotros la vida y la muerte, así como la sed y el cólera. Jesús está aquí en carne y hueso, como esperanza en medio de nosotros. El buen pastor vive entre el rebaño, compartiendo sus fuentes de agua y sus pastos.

          Si vamos a encontrar esa ciudad de la Santidad, Jesús ya nos ha mostrado dónde buscar. Ve y sé un pastor, y guía a otros hacia esa ciudad sanada. Habita entre las ovejas y descubre al buen pastor que ya está presente y obrando —y a la ciudad que comienza a emerger de las nubes de polvo y suciedad.  Dios está con nosotros, Dios está aquí, Dios siempre estará aquí. La única pregunta es si estamos dispuestos a mirar y descubrir, y a convertirnos en pastores para nuestras ovejas. ¡Canten, hagan música, enseñen a los niños y a los jóvenes, sanen a los enfermos, construyan la nueva ciudad! Sean buenos pastores.