«La esperanza y el anhelo eternos de la raza humana emergen de la oscuridad hacia la luz con el nacimiento de este niño, a la vez humilde y divino», señaló la Obispa Presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori, en su homilía de la Nochebuena de 2011. «Nos reunimos para celebrar su nacimiento y recuperar esa esperanza eterna».
La obispa presidenta Jefferts Schori presentó su homilía durante el especial televisivo de Nochebuena de 2011 de la CBS, de una hora de duración, transmitido desde la Capilla del Buen Pastor en el Seminario Teológico General de la ciudad de Nueva York. El especial se transmitió a nivel nacional el 24 de diciembre y está disponible para su visualización a la carta en www.gts.edu. La homilía del Obispo/a Presidente está disponible en www.episcopalchurch.org.
A continuación se presenta el texto de la homilía del Obispo/a Presidente.
Nochebuena de 2011
El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz. Dios ha aumentado su alegría, pues se les ha dado un niño, cuya autoridad crecerá continuamente y traerá paz sin fin… desde ahora y para siempre,[1] dice Isaías.
La esperanza y el anhelo eternos de la raza humana emergen de las tinieblas hacia la luz con el nacimiento de este niño, a la vez humilde y divino. Hemos cargado sobre sus hombros todas las fallas terrenales y todas las esperanzas divinas: luz en la oscuridad, calor en el frío, alimento para nuestro hambre, justicia en lugar de injusticia, el fin de la violencia y la guerra, y una paz duradera y eterna. Esos anhelos siguen brotando en los corazones humanos, y vivimos con la esperanza de que su reinado los haga realidad en última instancia. Nos reunimos para celebrar su nacimiento y recuperar esa esperanza eterna.
Hace poco conocí a un joven llamado Jesse en lo alto de las montañas, en un pueblo de Colorado. Me contó que lo habían echado del lugar donde vivía, sin que fuera culpa suya. Dijo que era la segunda vez que se quedaba sin hogar. La primera vez lo dejaron en la oscuridad de una noche nevada, sin dinero y solo con la ropa que llevaba puesta. Deambuló por las calles hasta que la policía lo detuvo y le preguntó qué le pasaba. Lo llevaron a una agencia comunitaria que lo ayudó a encontrar una habitación de hotel para pasar la noche. La segunda expulsión de su hogar temporal significaba que ahora tendría que huir de ese pueblo y buscar cobijo y refugio en un clima más cálido, en el desierto. Quizá no contara con los compañeros de viaje del niño nacido en Belén, pero sí contaba con una comunidad a su alrededor que le brindaba cuidado y ayuda, llevando luz a su oscuridad.
Jesús nació para esto: para el sin techo Jesse y sus hermanos y hermanas en la oscuridad fría y hambrienta del rechazo y la violencia. Jesús nace de nuevo en los corazones humanos cada vez que nos encontramos con los vulnerables —que somos todos nosotros, una vez que despertamos a la realidad de nuestro propio anhelo—.
Todos estamos llenos de los mismos anhelos de un hogar duradero y de sanación en una comunidad de paz. Especialmente en esta época de carencias e incertidumbre, buscamos estabilidad, confianza y fe en algo o alguien más allá de nuestra propia insuficiencia. Que Dios pueda despojarse de su gloria divina y ser lo suficientemente vulnerable como para revestirse de carne humana parece estar más allá del entendimiento de muchos. Sin embargo, es precisamente esa vulnerabilidad la que ofrece esperanza —cuando reconocemos nuestra propia necesidad, hambre y anhelo—.
Este frágil bebé está revestido de gloria divina: los humildes son exaltados y los hambrientos son alimentados al nacer. Y sobre todo este drama de la entrada divina en la carne humana se cierne una comunidad no muy diferente a esta. Los ángeles dirigen nuestra atención hacia la santidad que hay entre nosotros. Los padres, los patriarcas y los maestros cuidan nuestra sabiduría y conciencia en crecimiento, y nos guían hacia el crecimiento hasta alcanzar la estatura plena de Cristo: la gloria de Dios en un ser humano plenamente vivo.[2] Los pastores vigilan, para que ningún peligro alcance a los vulnerables.
Los ángeles de Jesé guiaron a los pastores que velaban en la noche hasta su lado y lo llevaron a un refugio. Los patriarcas de Leadville lo guiaron al corazón de una mesa comunitaria acogedora.[3] Esa mesa tiene lugar para todos los que tienen hambre y sed —en cuerpo y en espíritu—. Está poblada por pobres y personas de mejores condiciones económicas, por hispanohablantes y anglosajones, por gente de Irlanda y Grecia, por los heridos y los que aparentemente están bien. Cada uno entra en un establo como este, con la esperanza de encontrarse con la Santidad. Nos encontramos con ese niño santo en cada ser humano vulnerable, en cada uno que tiene hambre y sed. Lo encontramos creciendo hasta la madurez en todos los que responden a la vulnerabilidad y la necesidad de su prójimo. Él está presente con nosotros en esta mesa y en cada mesa y encuentro donde la necesidad encuentra respuesta. La salvación está a nuestro alrededor.
¿Dónde nace de nuevo el niño de la Santidad? ¿Quiénes se reúnen para velar, nutrir y proteger al Redentor que crece entre nosotros? ¿Reconoceremos de verdad la imagen de Dios en todos los rostros, y llevaremos esa marca divina a una estatura más plena, a una mayor gloria y a una vida más abundante? Compartimos este drama creativo y redentor de maneras que escapan a nuestro entendimiento. ¿Te reunirás en torno al Santo?
La Rvdmo. Katharine Jefferts Schori
Obispo/a Presidente y Primado/a
la Iglesia Episcopal
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[1] Isaías 9:2-7
[2] Ireneo
[3] Comida comunitaria de St. George, Leadville. http://www.hikinghumanitarian.com/day-112-91311-leadville-to-blm-cg-on-co-91/





