Propio 14 (A) – 9 de agosto de 2026
LCR: 1 Reyes 19:9–18; Salmo 85:8–13; Romanos 10:5–15; San Mateo 14:22–33
“¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”
Las lecturas de la liturgia de hoy nos hablan de encuentros con Dios en lugares y circunstancias inesperadas. En la primera lectura Dios está en el sonido suave y delicado que el profeta Elías escucha; en la narración del evangelio Jesús se dirige hacia los discípulos caminando sobre el agua. Estos lugares inusuales confirman que Dios viene a nosotros, sale al encuentro donde estamos. Elías fue perseguido, estaba cansado y consciente de que era el único profeta que quedaba vivo. De manera similar, durante la tormenta con el viento en su contra, los discípulos experimentaron miedo y duda, y confundieron a Jesús con un fantasma en la madrugada.
El enfoque en la débil naturaleza humana es importante para mostrar el poder de Dios en su esplendor. Todos, como Elías o los discípulos, conocemos la desilusión y el miedo ante circunstancias que escapan a nuestro control. Las lecturas muestran claramente cómo Dios está cerca de nosotros, pero debemos reconocerlo, llamarlo y recibirlo. Cuando Elías buscaba y quería ver al Señor, Dios se le apareció; cuando los discípulos gritaron de miedo, Jesús los tranquilizó y los consoló diciendo “¡Calma! ¡Soy yo: no tengan miedo!». Estos episodios de necesidad humana muestran la coherencia entre mente y corazón que busca e invoca a Dios.

Pablo, en su carta a los romanos, escribió: “La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón”, demostrando cómo Jesús, al tomar carne humana, está cerca de nuestra naturaleza débil, pero nos exige que creamos y anunciemos. Necesitamos confesar con nuestros labios y creer con nuestro corazón para ser salvos. Es la constancia en confesar y creer lo que hace visible la salvación. La incoherencia de confesar y no creer fue denunciada por los profetas del Antiguo Testamento: “Este pueblo se acerca a mí con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. (Isaías 29:13; Ezequiel 33:31). Lo mismo sucede cuando dudamos y miramos con escepticismo nuestros problemas, permitimos que esos problemas muestren su poder, en vez de confiar en Dios minimizamos su poder. De alguna manera repetimos el error de los israelitas que Dios salvó de Egipto cuando lo desafían: “Es verdad que Dios partió la peña, que de ella brotó agua como un río, y que la tierra se inundó; pero, ¿podrá dar también pan? ¿Podrá dar carne a su pueblo?”. (Salmo 78:20).
Jesús, quien camina sobre el agua temprano en la madrugada hacia los discípulos, confirma la continuidad del acto de creación donde el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas para encontrarse con la nueva humanidad. La reacción de los discípulos es de confusión e incredulidad, el miedo parece prominente. A pesar de que la mayoría de ellos eran pescadores experimentados y habían presenciado diferentes tipos de milagros, este grupo de hombres adultos estaban aterrorizados ante lo desconocido. Sin embargo, el mensaje del evangelio va más allá de la historia de estos adultos temerosos para enfocarse en la falta de fe como obstáculo de la vida espiritual. Mientras que la duda es el progreso necesario para creer entre la fe y la incredulidad, el evangelio enfatiza en la poca fe de los discípulos, la falta de conocimiento sobre quien es Jesús.
Cuando Jesús le dice a Pedro: “¡Qué poca fe tienes! ¿Por qué dudaste?”, está diciendo esto no solamente para Pedro, Jesús sabía cuánto creían en él los discípulos. Él entiende que también ellos, como la barca, son movidos por las olas del momento, que necesitan crecer y madurar en la fe. Lo mismo para nosotros, lejos de considerar que esta narración del evangelio era sólo para hablarnos del proceso de fe de los discípulos infieles, necesitamos leer este episodio del evangelio en primera persona y responder: ¿cuánto creemos en Jesús? ¿Cuánto le reconocemos cuando nos visita en la madrugada cuando aún está oscuro? ¿Cuánto invocamos a Jesús cuando nos estamos hundiendo?
La oportunidad de caminar sobre el agua es más que un privilegio para Pedro. Al reconocer cuánto Dios hace y ha hecho por nosotros podemos reconocer con humildad que también nosotros hemos recibido permiso para salir de la barca y caminar sobre las aguas con Jesús. Cada vez que experimentamos la misericordia, protección y presencia de Dios, estamos caminando sobre las aguas. La fidelidad de Dios a través de los tiempos es constante como escuchamos en las lecturas de hoy, desde la creación hasta nuestros días. Jesús, nuestro Señor, que se acercó a Pedro para salvarlo, hace lo mismo cuando lo llamamos, ya sea que estemos hundidos en la necesidad, la duda o la desesperación. “Todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13). Incluso con poca fe, con muchas dudas y preguntas, a medida que continuamos nuestro progreso en la fe, es importante imitar la respuesta de los discípulos y adorar a Jesús. “En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca se pusieron de rodillas delante de Jesús, y le dijeron: ¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!” (Mateo 14:32-33).
A Dios sea la gloria y el honor sabiendo que nosotros también estamos aprendiendo en nuestra propia vida que Jesús es el Hijo de Dios. Amén.
El Rvdo. Dr. Fabián Villalobos es Rector en la Iglesia St. Peters Episcopal Church en Perth Amboy en la Diócesis de New Jersey.





