Propio 13 (A) – 2 de agosto de 2026

LCR: Isaías 55:1–5; Salmo 145:8–9, 15–22 LOC; Romanos 9:1–5; San Mateo 14:13–21.

«Óiganme bien y comerán buenos alimentos, comerán cosas deliciosas.
Vengan a mí y pongan atención, escúchenme y vivirán.» (Isaías 55:2b-3a).

En las iglesias suele decirse “Dios proveerá”. A veces sólo significa que no se ha hecho el trabajo necesario de planificar y de organizarse con responsabilidad y que, a pesar de ello, se adelantarán las cosas con la esperanza que resulten bien; pero en otras ocasiones representa una profesión de fe: No vemos cómo, pero sabemos que Dios es misericordioso y no abandona a los que confían en sus promesas. Es una afirmación de confianza que lleva consigo el compromiso de entregarse completamente al Señor y a sus propósitos. 

Las lecturas para este domingo nos ayudan a profundizar nuestra comprensión de la provisión de Dios para nuestras vidas y nuestra salvación y, a la vez que nos consuelan y fortalecen nuestra fe en el Señor, deben desafiarnos a vivir esa fe plenamente. La profecía de Isaías viene del último tercio del libro, una sección escrita con el propósito de animar a los que estaban moral y espiritualmente desorganizados y decepcionados a esperar en Dios para la restauración de Israel y el advenimiento del reinado davídico y mesiánico. Es un oráculo de salvación: «Todos los que tengan sed, vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo de balde y coman; consigan vino y leche sin pagar nada.». Si tienen sed, el Señor les dará de beber; si tiene hambre, el Señor les dará de comer hasta estar satisfechos. Dios proveerá lo que necesitan como lo hizo en los tiempos del Éxodo cuando salvó a sus ancestros de la amenaza del faraón y les dio el maná, el pan del cielo. 

Y más allá de sus necesidades de comida y bebida, el Señor les promete satisfacer su necesidad espiritual; recordemos que «No sólo de pan, vivirá el hombre» (Dt 8:3). El mensaje anuncia la instauración del reino mesiánico y una alianza eterna con la llegada de un Jefe que les enseñará la Palabra de Dios, no sólo al pueblo de Israel, sino a todas las naciones: «Vengan a mí y pongan atención, escúchenme y vivirán. Yo haré con ustedes una alianza eterna, cumpliendo así las promesas que por amor hice a David. Yo lo puse a él como testigo para las naciones, como jefe e instructor de los pueblos.» (Is 55:3-4).

El Señor llamó a un pueblo débil y en gran necesidad a confiar en su provisión y salvación, pero si nos fijamos bien, no les insta a quedarse con los brazos cruzados, sino a dedicarse a lo importante y no malgastar energía y atención en lo que no sirve. Les pregunta: «¿Por qué dar dinero a cambio de lo que no es pan? ¿Por qué dar su salario por algo que no deja satisfecho?» (Is 55:2a). Es decir, les pregunta por qué pierden el tiempo buscando cosas ilusorias y vanas, y por qué no se dedican al proyecto que Dios estaba revelando delate de sus ojos. La vanidad, el egoísmo y el narcicismo, los entretenimientos pasajeros no pueden satisfacer al ser humano; sólo Dios puede satisfacernos de verdad y nos invita a buscarlo a él y ser satisfechos en y con él. Este oráculo de Isaías, y todos los mensajes de los profetas sobre el prometido reino mesiánico, forman el contexto para el Evangelio de hoy. 

Mateo nos cuenta su versión de la alimentación de los 5.000. Claro, en San Mateo son mucho más porque dice «sin contar a las mujeres y a los niños». Al inicio, este episodio se ve sencillo: Jesús da de comer a una gran cantidad de personas. Tomó lo poco que estaba allí y lo transformó en mucho. Es un milagro. Sin embargo, cuando uno lee el texto con detenimiento y con las Escrituras en mano, se ve más complejo y quizá más interesante. 

Primero, ¿cuál era la noticia que escuchó Jesús? Era la noticia de la muerte de Juan Bautista. Un héroe de la fe había sido asesinado, una señal de la debilidad del pueblo de Dios frente las amenazas del mundo cruel. Y luego Jesús encuentra a la gente con sus necesidades; quieren verlo, quieren un mensaje de salvación, ¡y tienen hambre! Jesús tuvo compasión de la genta y respondió a sus necesidades como el Señor responde al pueblo hebreo durante la travesía por el desierto y, como el Señor, anuncia el oráculo de Isaías, y les invita a comer, ofreciéndoles pan a unas 15.000 personas. ¡Y sobró! Bien dijo el salmista: «Clemente y compasivo es el Señor» y «[Dios] satisface los deseos de los que le temen, escucha su clamor, y los salva» (Sal. 145:8a, 20). Además, aprendemos en este evangelio que, con Dios, hay más que suficiente, y que el Señor Jesús revela que él es el Salvador que Dios prometió para amar y cuidar a su pueblo. 

Finalmente, una nota sobre la porción de la Epístola a los Romanos y las promesas de Dios hechas al pueblo del Israel. Durante los últimos meses hemos ido leyendo la carta que escribió San Pablo a los romanos. Muchos estudiosos la consideran la obra principal del Apóstol en que se desvela su doctrina de la gracia de Dios, que el ser humano no puede ni por su esfuerzo, ni por sus logros, alcanzar lo que Dios tiene preparado para los que confían en él, sino solamente por el don de Dios en Jesucristo. Cristo, al morir por nuestros pecados y resucitar para darnos vida, ha hecho lo que somos incapaces de hacer. Nos ha reconciliado con Dios Padre y unos con otros, y nos ha dado el Espíritu Santo para santificar nuestra vida. 

La sección, casi final de la carta, responde a las preguntas que se hicieron con respecto al pueblo judío: Si Jesús de Nazareth es el Salvador esperado por los judíos, ¿por qué la mayoría de ellos no lo recibió como tal? Y ¿si los judíos rechazaron a Jesús, ¿qué hará Dios con ellos? La respuesta del Apóstol es inequívoca: Dios siempre cumple con sus promesas. También nos recuerda que los judíos son los herederos de todo el testimonio de la Ley, de los profetas y de la sabiduría revelada siendo los descendientes, humanamente hablando, de nuestro padre Abrahán. Lo que ahora aparenta fracaso resultará en salvación, no sólo de los judíos sino de todas las naciones en Jesucristo, el que se da a sí mismos como Pan del Cielo, pues para su salvación y la nuestra Dios proveerá. Amén. 

El Rvdo. Dr. Jack Lynch es un presbítero de la Diócesis Episcopal de Long Island y Vicario de la histórica Saint Mary’s Episcopal Church, Brooklyn, Nueva York.