Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: discurso inaugural de la Presidenta de la Cámara de Diputados Julia Ayala Harris
A continuación ofrecemos el discurso inaugural, preparado para publicación, de la Presidenta de la Cámara de Diputados Julia Ayala Harris ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, que se reunió esta semana en San Juan de Puerto Rico.
Buenos días.
Quiero comenzar por expresar mi gratitud a la gente de la diócesis de Puerto Rico y al Obispo (Rafael) Morales por su hospitalidad, generosidad y testimonio durante el tiempo que hemos pasado juntos en estos últimos días. Gracias a todas las personas que nos han recibido tan calurosamente durante nuestros días en San Juan y por compartir sus ministerios, sus historias y su fe con nosotros.
Al vivir estos últimos momentos juntos, he estado reflexionando sobre el contraste entre lo que hemos vivido aquí y lo que enfrentaremos cuando volvamos a nuestros teléfonos, nuestras bandejas de correo y las noticias que recibimos.
No faltan razones para estar desanimados en este momento.
A nivel mundial, somos testigos de la guerra, la violencia, el desplazamiento, la inestabilidad política y un profundo sufrimiento humano. Las divisiones ponen en tensión a nuestras comunidades y la confianza del público en nuestras instituciones se ha erosionado.
A veces puede parecer que las fuerzas dominantes que moldean nuestra vida en común son las que separan a las personas.
Y sin embargo, en los últimos días, en el Consejo Ejecutivo hemos visto algo muy diferente.
Hemos visto a personas que crean.
Crean relaciones.
Crean confianza.
Crean planes para el futuro.
Crean sistemas que le permitirán a esta iglesia desempeñar su misión de manera más fiel y eficaz.
En un mundo que a menudo recompensa las divisiones, hemos pasado los últimos días practicando algo completamente diferente: la labor paciente de permanecer juntos en la mesa y crear algo más grande que nosotros mismos.
Durante nuestra reunión aquí en Puerto Rico, todos hemos tomado conciencia de una realidad con la que los residentes de San Juan están viviendo en este momento.
Justo más allá de las paredes de nuestro hotel y espacios para reuniones, muchas personas no han podido contar con un servicio de agua confiable. Mientras que muchos de nosotros podemos abrir la llave de agua sin pensarlo dos veces, hay familias, negocios y escuelas en toda esta ciudad que han estado enfrentando una realidad muy diferente.
Esto me recordó lo fácil que es pasar por alto los sistemas que sostienen nuestras vidas hasta que fallan.
La infraestructura es importante.
Las instituciones son importantes.
El proceso de gobierno es importante.
E incluso en medio de esta crisis, no escuchamos que nuestros vecinos puertorriqueños expresaran una sensación de resignación o desesperanza, sino determinación: personas que continúan apoyándose mutuamente, sirviendo a sus vecinos y fortaleciendo sus comunidades, a pesar de los desafíos y la incertidumbre.
Ayer nos ofrecieron una ventana al notable ministerio de la Diócesis de Puerto Rico. Lo que encontramos no fue simplemente una colección de programas, sino una red interconectada de ministerio que acompaña a las personas en cada etapa de la vida, invitándolas a tener una relación más profunda con Dios y entre sí.
La Diócesis de Puerto Rico ha cultivado una red integral de ministerios que refleja un compromiso profundo de acompañar a las personas desde la cuna hasta la tumba, atendiendo sus necesidades espirituales, educativas, sociales, y prácticas de bienestar a lo largo del camino.
Nos han mostrado el ejemplo de una institución que no refleja la polarización del mundo, sino que demuestra otra forma de convivir.
Esta es la labor de gobernar en su máxima expresión, la labor silenciosa de fomentar e invertir en las condiciones en las que el ministerio puede prosperar. Detrás de cada ministerio que encontramos —el hospital, el seminario, la escuela, la funeraria, la labor de las congregaciones— sabemos que hay personas que toman decisiones, crean relaciones, cuidan la estructura, elaboran presupuestos; son líderes que han invertido en un futuro que ellos mismos tal vez nunca verán.
Esa es la verdadera expresión de un liderazgo fiel. Y no es tan diferente de la labor encomendada al Consejo Ejecutivo.
Nuestro llamado no es simplemente supervisar una institución. Nuestro llamado consiste en nutrir e invertir en las estructuras, los recursos y las relaciones que hacen posible un ministerio transformador, con el fin de crear las condiciones en las que el Evangelio pueda florecer.
En los últimos días, no hemos hablado simplemente sobre el futuro de esta iglesia. Hemos asumido la responsabilidad de ayudar a darle forma.
Juntos, participamos en la planificación estratégica. Enfrentamos preguntas difíciles. Participamos en la reunión aportando diferentes experiencias, diferentes preocupaciones y diferentes esperanzas para el futuro de esta iglesia. Permanecimos juntos en la mesa.
En una cultura cada vez más tentada a clasificar, separar y dividir, practicamos algo diferente. Practicamos la disciplina del discernimiento en comunidad.
Elegimos crear juntos, en lugar de separarnos.
Y quizás de manera inesperada, yo encontré otra razón para tener esperanza en un lugar que quizás no parezca particularmente inspirador: la tecnología del proceso de gobierno.
Durante los últimos meses, un equipo multifuncional ha estado desarrollando la próxima generación de software legislativo para la Convención General, en la que se reúne a la Oficina de la Presidenta de la Cámara de Diputados, al Departamento de Informática del Centro Eclesiástico y a voluntarios que se preocupan profundamente por el proceso de gobierno de esta iglesia.
Quiero reconocer especialmente al Canciller Michael Glass, al Director de Informática Darvin Darling, a Ethan Macdonald, a Richard Lamb y a muchos otros cuyo trabajo fiel a menudo ocurre tras bambalinas.
No estamos desarrollando software por el simple hecho de hacerlo.
Estamos creando las condiciones y proporcionando las herramientas para que los diputados, obispos y otros que se preocupan por el proceso de gobierno de esta iglesia puedan comprender, tener acceso y participar mejor en nuestra vida común.
Cuando nos reunimos en la Convención General, la tecnología debe servir al ministerio del proceso de gobierno, no obstaculizarlo. Debe liberarnos para realizar la sagrada labor de escuchar, discernir, debatir y decidir juntos.
Eso es un acto de mayordomía.
Y es un acto de fe en el futuro de esta iglesia.
Lo mismo ocurre con la labor de gobierno que tenemos por delante. Las conversaciones que iniciamos sobre estructuras, liderazgo y cómo equipamos a esta iglesia para el futuro no son simplemente ejercicios organizacionales. Son oportunidades para fortalecer los sistemas que permiten la misión que se nos ha encomendado.
Una de las lecciones que sigo aprendiendo es que las instituciones no solo se sostienen con estructuras.
Se sostienen con personas que eligen, una y otra vez, crear unidas en lugar de destruir.
Personas dispuestas a enfrentar directamente los desafíos de la actualidad con el fin de allanar el camino para quienes vendrán después de ellas.
Personas dispuestas a ofrecer sus dones por el bien de la iglesia y nuestro testimonio colectivo como seguidores de Cristo.
Amigos, en una temporada en la que es fácil encontrar ejemplos de división, conflicto y destrucción, estoy agradecida porque en estos últimos días he estado rodeada de personas comprometidas con otra forma de hacer las cosas.
Una forma de crear en lugar de destruir.
Crear confianza.
Crear a líderes.
Crear ministerios.
Crear una iglesia que servirá a generaciones que quizás nunca conozcamos.
La labor que nos ocupa no está terminada.
Pero me voy de esta reunión con esperanza, porque he visto lo que es posible cuando las personas fieles permanecen unidas en la mesa y se comprometen a crear algo más grande de lo que cualquiera de nosotros podría crear solo.
Esta iglesia continúa recibiendo la bendición de personas dispuestas a aceptar precisamente ese tipo de responsabilidad. Hoy, tengo el privilegio de destacar a dos de estos líderes.
Como muchos de ustedes saben, el Rvdo. Steve Pankey, quien ha servido fielmente durante estos últimos dos años como vicepresidente de la Cámara de Diputados, ha aceptado asumir el cargo de secretario pro tempore de la Cámara de Diputados.
Los dones de Steve para el gobierno, su conocimiento institucional y su profundo compromiso con la vida de esta iglesia lo hacen especialmente apto para este papel, y estoy agradecida por su disposición para servir.
Entre sus responsabilidades estará ayudar a guiar y apoyar muchas de las iniciativas de gobierno que darán forma al trabajo de la Convención General y la Cámara de Diputados en los próximos años, incluidos los sistemas legislativos y de gobierno que acabo de describir.
La transición de Steve a esta oficina significa que la cámara ahora está en busca de su próximo vicepresidente.
Y es así, como muchos de ustedes habrán leído en mi reciente carta a los diputados, que hoy me presento ante el Consejo Ejecutivo con algunos asuntos de la cámara.
De conformidad con los cánones, en caso de una vacante, el nombramiento de un vicepresidente de la Cámara de Diputados requiere el consentimiento de los miembros del clero y laicado del Consejo Ejecutivo.
Es un privilegio para mí nominar al Rvdo. Canónigo John E. Kitagawa, de la diócesis de Arizona, para que funja como el próximo vicepresidente de la Cámara de Diputados.
John Kitagawa ha sido diputado 12 veces, es un líder confiable y un siervo fiel de esta iglesia; su sabiduría, experiencia y compromiso con el liderazgo colaborativo son bien conocidos por muchos de los que estamos reunidos aquí hoy.
De ser confirmado, el Diputado Kitagawa se convertirá en el primer asiáticoamericano en servir como vicepresidente de la Cámara de Diputados. Este es un hito importante en la vida de nuestra iglesia que honra tanto el liderazgo fiel de John como a las generaciones de episcopales asiáticoamericanos cuyas contribuciones han ayudado a desarrollar esta iglesia, incluso cuando nuestros cargos más altos aún no reflejaban su liderazgo.
Estoy agradecida por la disposición del Diputado Kitagawa para servir a la Cámara de Diputados y a nuestra iglesia en general en esta función.
Así que ahora, para concluir mis comentarios y de conformidad con los cánones, Obispo Presidente, propongo la resolución EC007, en la que solicito el consentimiento de los miembros clérigos y laicos del Consejo Ejecutivo para nombrar al Rvdo. Canónigo John E. Kitagawa como el 17° vicepresidente de la Cámara de Diputados.





