
Soy transgénero, laica y tengo 39 años. Crecí en una Iglesia Metodista Unida en la que se hablaban lenguas, en las estribaciones de las montañas Adirondack, donde mi papá era el pastor/a. Éramos una congregación pobre en una comunidad pobre, profundamente dividida en torno a la inclusión y la dignidad de las personas LGBTQ+. Recuerdo haber pensado, incluso de niña: «¿Por qué estamos tan obsesionados con las personas gay? La mitad de esta congregación no puede pagar la calefacción en invierno, sean gay o no». Muchas experiencias tempranas como esa moldearon mi percepción de que los temas de justicia y dignidad siempre están interconectados: que la supremacía blanca, el patriarcado y la fobia hacia las personas queer y trans no se tratan de la maldad individual, sino que sirven para dividir y conquistar a las masas, y para lastimar a la gente. Cuando estamos constantemente peleándonos entre nosotros, es imposible mirar hacia arriba en la cadena alimentaria y ver quién se beneficia de nuestra falta de solidaridad.
He sido organizadora durante 20 años. Mi mamá y mi abuela fueron ambas organizadoras sindicales, y me criaron con la idea de que la militancia, la estrategia y el liderazgo de alto nivel son trabajo de mujeres. Mi abuela, a quien casi deportaron por su labor de organización durante la era de McCarthy, era una genio a la hora de utilizar las normas sexistas en su propio beneficio. Cuando los investigadores federales la llevaron a una habitación trasera en su trabajo de la fábrica y le preguntaron: “¿Eres o has sido alguna vez miembro del Partido Comunista?”, mi abuela pestañeó, se alisó su abundante cabello rubio y respondió: “Nadie me invitó a esa fiesta, ¡y ay, cómo me encantan las fiestas!”. La liberaron y siguió organizándose con más fuerza que nunca.
En el seminario, mi trabajo se centró en los estudios bíblicos —específicamente en comprender el género, la sexualidad y la oposición al Imperio Romano en los inicios del Movimiento de Jesús—. Me encuentro recurriendo a este trabajo cada vez más, a medida que el nacionalismo cristiano blanco, de forma abierta, sigue tomando el poder. Creo que una de nuestras tareas más importantes como iglesia es ser explícitos, públicos y sin complejos en nuestra teología cuando se trata de la justicia de género. La teología herética se ha generalizado tanto que muchas personas simplemente dan por sentado que el nacionalismo cristiano blanco es la enseñanza de Jesús. Nosotros sabemos que no es así. Necesitamos ser organizados, disciplinados y estratégicos para llegar a la gente con esa enseñanza diferente. La justicia reproductiva, la atención médica para los jóvenes trans y la lucha contra la violencia de género forman parte de las enseñanzas bíblicas de Cristo —y eso es solo la punta del iceberg. Jesús también deja claro que la justicia de género es inseparable de una plataforma amplia de justicia económica, del fomento y la defensa intencionales del liderazgo de las mujeres y las personas LGBTQ+, y de un movimiento de masas para contrarrestar el legado violento del imperialismo.
Lo que más me entusiasma de este trabajo es poder conectarme y fortalecer el poder junto a los miles de líderes de la justicia de género en toda nuestra iglesia. Estoy aquí para apoyar el trabajo por la justicia de género que se ha venido realizando durante generaciones, tanto dentro como fuera de nuestra institución. Nuestra gente, nuestras oraciones y nuestro poder son muy necesarios en el lado correcto de la historia en este momento en el mundo.





