Mensaje pastoral dirigido a la Iglesia Episcopal con motivo del encuentro de la Cámara de Obispos de marzo de 2026

Jesús les dijo: «Desátelo y déjenlo ir».
Juan 11:44b

Querido pueblo de Dios: 

Gracia y paz a ustedes en Jesucristo, nuestro Señor. 

Introducción

Los obispos de la Iglesia Episcopal se reunieron del 17 al 24 de marzo en el Centro de Conferencias Camp Allen, en Navasota, Texas. En nuestro encuentro participaron 122 obispos/as y obispos/as electos/as, en representación de 89 diócesis y ministerios especiales de 17 países y territorios. Al concluir nuestro encuentro, damos gracias por el afecto mutuo y la fructífera colaboración que hemos experimentado durante nuestro tiempo juntos, y renovamos nuestro compromiso de dar testimonio, con claridad y unidad, del poder transformador del Evangelio.  

Reflexiones de nuestra reunión 

Nuestro encuentro se centró principalmente en los desafíos y oportunidades que tenemos ante nosotros como iglesia. Dimos la bienvenida a 12 representantes de seminarios episcopales y programas locales de formación para entablar un diálogo reflexivo sobre el estado de la educación teológica y nuestra necesidad de integrar mejor los modos tradicionales e innovadores de discernimiento, reclutamiento y capacitación para el futuro clero y los líderes laicos. Exploramos posibilidades para ampliar la labor de siembra de iglesias y la revitalización de las congregaciones existentes. Reflexionamos sobre nuestras relaciones dentro de la Comunión anglicana, incluyendo un debate sobre las Propuestas de Nairobi y El Cairo, y expresamos nuestras preocupaciones respecto a la urgencia de cambiar las definiciones y estructuras de la comunión. Nos regocijamos por la elección de la Rvdma. Alba Sally Sue Hernández García como primada de la Iglesia Anglicana de México. Finalmente, emitimos una resolución de cortesía para celebrar la toma de posesión de la Rvdmo. y Muy Honr. Dame Sarah Mullally como la 106.ª arzobispa de Canterbury. 

Mientras nos dedicábamos a esta importante labor para la Iglesia, tuvimos encuentros cada día para orar por la Iglesia y por el mundo. Oramos por una rápida conclusión del conflicto armado con Irán; por las guerras en Ucrania, Sudán y Myanmar; y por todas las hostilidades en todo el mundo. Oramos por la paz en Tierra Santa, por el arzobispo Hosam Naoum, la Iglesia Episcopal en Jerusalén y el Medio Oriente, y por todos aquellos que viven en medio de la violencia en esa región. Oramos por la sanación y la reconciliación entre las naciones del mundo, para que haya justicia y paz en la Tierra.  Oramos por quienes son víctimas de la injusticia y la discriminación, del terror y la guerra, y de la degradación generalizada de la dignidad humana. Oramos por la fortaleza y el valor para continuar con la respuesta firme y concreta en nuestras respectivas diócesis ante los innumerables y variados desafíos que se nos presentan. Y, sin embargo, ante estos desafíos, no carecemos de esperanza. 

Una palabra de esperanza

Encontramos nuestra esperanza en las promesas de Dios, tal como nos fueron reveladas en las palabras y acciones de Jesucristo. La esperanza cristiana es la confianza segura y presente, fundamentada en la resurrección de Jesús, de que el sufrimiento no es el final. La esperanza es la confianza inquebrantable en que Dios no ha terminado. Incluso a la sombra de la cruz, Dios ya está obrando, sacando vida de la muerte. 

Esta promesa de esperanza es fundamental en la historia de la resurrección de Lázaro (Juan 11:1-45). Jesús se encuentra frente a la tumba de su amigo, rodeado de dolor y desesperación, y de una comunidad que anhela su intervención. Es precisamente en el momento en que toda esperanza parece perdida que Jesús pronuncia la Palabra de vida. Hay esperanza porque «incluso en la muerte, Lázaro tiene acceso a la voz de la vida». Jesús, la Palabra de Dios, le ordena a Lázaro que «salga», y esa misma Palabra divina llama de inmediato a la comunidad en encuentro a «desatarlo y dejarlo ir». 

En nuestro momento presente, en un mundo devastado por la guerra y la degradación de la dignidad humana, Jesús sigue pronunciando la Palabra de vida. Hay esperanza en este momento, porque incluso ante el dolor, la muerte y la desesperación, tenemos acceso a la voz de la vida: la voz de Aquel que nos llama a participar en la misión del Evangelio de desatar a quienes están cautivos por los lazos de la injusticia y atrapados por las cuerdas de la corrupción y la opresión. Nosotros no resucitamos a los muertos; solo Dios lo hace. Pero estamos llamados a la labor tierna y deliberada de desatar, de participar en la resurrección al aflojar los sudarios que aún se aferran. 

Es con esta esperanza, como quienes han recibido la vida y han escuchado la voz de la vida, que salimos con fe a dar testimonio de la resurrección, a liberar lo que aún está atado y a confiar en la promesa de Cristo de hacer nuevas todas las cosas.

Mientras nos preparamos para celebrar la fiesta pascual, con la esperanza de la resurrección siempre ante nosotros, que el Dios de la esperanza nos llene de todo gozo y paz en la fe, por el poder del Espíritu Santo.

Mensaje pastoral dirigido a la Iglesia Episcopal con motivo de la reunión de la Cámara de Obispos de marzo de 2026

Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo ir».
Juan 11:44b

Querido Pueblo de Dios: 

Gracia y paz a ustedes en Jesucristo nuestro Señor. 

Introducción

Los obispos de la Iglesia Episcopal se reunieron del 17 al 24 de marzo en el Centro de Conferencias Camp Allen de Navasota, Texas. En nuestra reunión participaron 122 obispos y obispos electos, que representan a 89 diócesis y ministerios especiales en 17 países y territorios. Al concluir nuestra reunión, agradecemos el afecto mutuo y la colaboración fructífera que vivimos durante el tiempo que pasamos juntos, y renovamos nuestro compromiso de dar testimonio con claridad y unidad ante el poder transformador del Evangelio.  

Reflexiones de nuestra reunión 

Nuestra reunión se centró principalmente en los desafíos y las oportunidades que enfrentamos como iglesia. Recibimos a 12 representantes de seminarios episcopales y programas locales de formación para participar en un diálogo reflexivo sobre el estado de la educación teológica y nuestra necesidad de integrar mejor los modos tradicionales e innovadores de discernimiento, reclutamiento y capacitación para futuros líderes clérigos y laicos. Exploramos posibilidades para expandir la labor de la siembra de iglesias y la revitalización de las congregaciones existentes. Reflexionamos sobre nuestras relaciones dentro de la Comunión Anglicana, incluido el debate sobre las propuestas de Nairobi y El Cairo, y expresamos nuestras preocupaciones respecto a la urgencia de cambiar las definiciones y las estructuras de la Comunión. Nos regocijamos por la elección de la Reverendísima Alba Sally Sue Hernández García como Obispa Primada de la Iglesia Anglicana de México. Por último, emitimos una resolución de cortesía en celebración de la investidura de la Reverendísima y Muy Honorable Dame Sarah Mullally DBE como la 106.ª Arzobispa de Canterbury. 

Mientras participábamos en esta importante labor para la iglesia, nos reuníamos cada día para orar por la Iglesia y el mundo. Oramos por una pronta conclusión del conflicto armado con Irán, de las guerras en Ucrania, Sudán y Myanmar, y de todas las hostilidades en todo el mundo. Oramos por la paz en Tierra Santa, por el Arzobispo Hosam Naoum, por la Iglesia Episcopal de Jerusalén y Oriente Medio, y por todos los que viven en medio de la violencia en esa región. Oramos por la sanación y la reconciliación entre las naciones del mundo, para que haya justicia y paz en la tierra.  Oramos por quienes son víctimas de la injusticia y la discriminación, del terror y la guerra, y de la degradación generalizada de la dignidad humana. Oramos por fortaleza y valor para seguir respondiendo de manera sólida y tangible en nuestras respectivas diócesis a los múltiples y variados desafíos que enfrentamos. Y, sin embargo, frente a estos desafíos, no perdemos la esperanza. 

Un mensaje de esperanza

Encontramos nuestra esperanza en las promesas de Dios que se nos revelan en las palabras y los actos de Jesucristo. La esperanza cristiana es la confianza segura y presente, fundamentada en la resurrección de Jesús, de que el sufrimiento no es el final. La esperanza es la confianza obstinada de que Dios no ha terminado. Incluso a la sombra de la cruz, Dios ya está obrando, generando vida a partir de la muerte. 

Esta promesa de esperanza es central en la historia de la resurrección de Lázaro (Juan 11:1-45). Jesús está frente a la tumba de su amigo, rodeado de dolor y desesperación, y de una comunidad que anhela su intervención. Es precisamente en el momento en que toda esperanza parece perdida cuando Jesús pronuncia la Palabra de vida. Hay esperanza porque «incluso en la muerte, Lázaro tiene acceso a la voz de la vida». Jesús, la Palabra de Dios, le ordena a Lázaro que «salga», y esa misma Palabra divina llama de inmediato a la comunidad reunida a «desatarlo y dejarlo ir». 

En el momento presente, en un mundo devastado por la guerra y la degradación de la dignidad humana, Jesús sigue pronunciando la Palabra de vida. Hay esperanza en este momento, porque incluso frente al dolor, la muerte y la desesperación, tenemos acceso a la voz de la vida, la voz de Aquel que nos llama a participar en la misión del evangelio de liberar a quienes están cautivos por los lazos de la injusticia y atrapados por las cuerdas de la corrupción y la opresión. Nosotros no resucitamos a los muertos; solo Dios hace eso. Pero estamos llamados a la labor tierna y deliberada de desatar, de participar en la resurrección al aflojar la mortaja que aún ata. 

Participamos en esta esperanza como aquellos que han recibido la vida y han escuchado su voz, para salir con fe a dar testimonio de la resurrección, a desatar lo que aún está atado y a confiar en la promesa de Cristo de renovar todas las cosas.

Al prepararnos para celebrar la fiesta pascual, con la esperanza de la resurrección siempre ante nosotros, que el Dios de la esperanza nos llene de toda alegría y paz al creer en el poder del Espíritu Santo.