Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: alocución de apertura de la presidente de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris
Sigue una transcripción ligeramente editada de la alocución de apertura de la presidente de la Cámara de Diputados, Julia Ayala Harris, ante el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal, reunido del 7 al 9 de noviembre en New Brunswick, Nueva Jersey.
Obispo primado Rowe, miembros del Consejo Ejecutivo, nuestros socios de enlace, personal de toda la Iglesia y distinguidos invitados.
Nos reunimos hoy en un momento que exige tanto valor como compasión. Al mirar alrededor de la sala a nuestros miembros que regresan, a los nuevos miembros, al personal comprometido y a todos los que hacen posible nuestro trabajo, recuerdo las palabras de Dios a través del profeta Isaías: «No temas, porque yo estoy contigo».
Lo personal y lo político a veces se entrecruzan profundamente, ¿no es verdad? Cuando compartí mi trayectoria de atención médica reproductiva y mi histerectomía con todos ustedes, sus respuestas (sus oraciones, sus historias, su apoyo) me mostraron el poder de la comunidad para poder dejar espacio a la vulnerabilidad. Esa experiencia me parece especialmente significativa en este momento, ya que muchas mujeres, personas con útero, personas que buscan atención de afirmación de género y familias en nuestra Iglesia enfrentan profundas preocupaciones sobre su futuro en materia de atención médica, mientras que otros miembros de nuestra familia de la Iglesia ven diferentes caminos a seguir.
Como mujer, como latina, como madre de una adolescente, como hija de un inmigrante indocumentado de México, que ostenta un liderazgo en este momento, siento el peso de las luchas de nuestras comunidades. Nuestra promesa bautismal de respetar la dignidad de cada ser humano no es una declaración política, sino un llamado divino, un imperativo evangélico que trasciende las divisiones partidistas. El Concilio de Jerusalén nos mostró que la Iglesia primitiva tuvo sus momentos más transformadores cuando se reunió para sostener diálogos difíciles sobre inclusión, tradición y cambio, diálogos que exigieron tanto valor moral como genuino cuidado de unos por otros. Cuando defendemos a los marginados y al mismo tiempo nos mantenemos conectados con quienes ven las cosas de manera diferente; demostramos algo formidable: que la comunidad cristiana es en realidad lo suficientemente amplia como para acoger tanto un testimonio profético como una profunda comunión.
En una semana que ha traído tanto transición institucional como inseguridad nacional e incertidumbre global, nos reunimos no sólo como colegas, sino como hermanos en Cristo «para un momento como este». Esta misma semana experimentamos lo que sólo puedo describir como un torbellino: la investidura de nuestro 28º obispo presidente Rowe el sábado, las elecciones nacionales el martes y ahora, aquí estamos el jueves, comenzando un nuevo trienio de servicio juntos en el Consejo Ejecutivo, en los primeros días de la transición a los cuatro años de liderazgo presidencial en Estados Unidos.
La Iglesia Episcopal es un organismo internacional, en el que experimentamos la interdependencia de una diócesis a otra, de nación a nación. Estados Unidos acaba de salir de otra elección presidencial, una que ha dejado a muchos sintiéndose inseguros y divididos. Y, sin embargo, aquí estamos, reunidos en la misma mesa, compartiendo el mismo pan, unidos en nuestra alianza bautismal y nuestro compromiso de seguir a Jesús.
Al comenzar mi décimo año en el Consejo Ejecutivo, llevo lecciones de cada temporada de servicio. A lo largo de todo esto, he sido testigo de cómo este organismo evoluciona y se adapta, desarrollando su propia cultura única y su forma de ser comunidad juntos.
Me acuerdo de Pam Chinnis, la primera mujer en ocupar el cargo de presidente de la Cámara de Diputados, que tuvo un mandato extraordinariamente largo en el Consejo Ejecutivo, que abarcó desde miembro del Consejo hasta vicepresidente de la Cámara de Diputados, presidente y vicepresidente del Consejo. Sabía algo sobre transición y transformación. Se dirigió al Consejo en la víspera de Todos los Santos en Birmingham, Alabama, en 1995, con estas palabras que resuenan poderosamente para nosotros hoy:
Siempre hemos pasado por ciclos de expansión organizacional para satisfacer situaciones y necesidades cambiantes, seguidos de reorganización de responsabilidades y poda de funciones obsoletas. Parte de nuestra tarea continua como administradores de la Iglesia institucional es hacer el mejor uso posible de nuestro tiempo y talentos y llevar a cabo la misión de Cristo y maximizar el uso de los recursos materiales y económicos y el apoyo a esa misión. Las herramientas específicas utilizadas en cada generación (los patrones de organización, las técnicas de comunicación, los conceptos y el vocabulario teológico que utilizamos para llevar a cabo la misión de la Iglesia) necesariamente cambian con los tiempos… Vivir con el cambio es inquietante, pero es tolerable siempre y cuando recordemos que las Buenas Nuevas de Jesucristo y nuestro deber de dar gloria a Dios mediante el poder del Espíritu Santo no cambian.
Hace veintinueve años, la presidente Chinnis entendió que el cambio no es algo que soportamos: es parte de nuestro ADN como Iglesia y como Consejo Ejecutivo. Los cambios propuestos a nuestros estatutos que discutiremos reflejan esta verdad: el cambio, la transición y la evolución son en realidad la norma en el Consejo Ejecutivo, y esa ha sido mi experiencia durante cuatro períodos. Pero en tiempos como estos, cuando la cultura en general parece cada vez más polarizada, ¿cómo sabremos que estamos en el camino correcto a través de todo este cambio?
Y es con ese espíritu que estoy particularmente agradecida de recorrer este camino con el obispo primado Rowe, al mismo tiempo que reconozco los increíbles cimientos establecidos por el obispo primado Curry. Los tres trabajamos juntos en el Equipo de Trabajo para Reiventar la Iglesia Episcopal, conocido como TREC. Compartimos un profundo conocimiento tanto de los desafíos como de las oportunidades que tenemos ante nosotros. El obispo primado Rowe y yo estamos comprometidos a modelar lo que realmente significa el liderazgo colaborativo.
Mientras recorremos juntos este camino, tenemos marcadores claros que nos muestran el rumbo. La respuesta para mantener el rumbo como un cuerpo de cristianos que atraviesan cambios es a la vez profundamente simple y sumamente difícil: nuestra guía proviene de Gálatas a través de los frutos del Espíritu. Estas no son sólo hermosas palabras de las Escrituras: son principios vivos que guían nuestro trabajo juntos. Cuando vemos que el amor se manifiesta en nuestras decisiones, la alegría en nuestro compañerismo, la paz en nuestras deliberaciones, la paciencia en nuestros procesos, la amabilidad en nuestros desacuerdos, la bondad en nuestras intenciones, la fidelidad en nuestros compromisos, la mansedumbre en el liderazgo y el autocontrol en el gobierno… estos son nuestros hacedores de caminos. Estos frutos se vuelven aún más esenciales cuando el mundo que nos rodea parece ir en direcciones opuestas.
Debido a que somos los líderes de nuestra Iglesia en este tiempo, debemos modelar los frutos del Espíritu mientras colaboramos en pro de la misión de Dios. Y aunque a veces bromeamos diciendo que el mundo no está observando cada movimiento que hace el Consejo Ejecutivo, nuestras acciones repercuten mucho más allá de esta sala, afectando a nuestros líderes congregacionales y diocesanos, a nuestros socios anglicanos, ecuménicos e interreligiosos.
Y en ningún lugar es más evidente la importancia de los frutos del Espíritu que en los ojos de quienes nos observan más de cerca: nuestros hijos. Soy muy consciente de que el Obispo Primado y yo, junto con los vicepresidentes de nuestras dos cámaras, tenemos niños en edad escolar en casa. Una de las cosas que he aprendido en mis dos años como presidente es que nuestros hijos están atentos a cómo se comportan nuestros líderes. Observan cómo manejamos los desacuerdos. Observan cómo tratamos a aquellos con quienes no estamos de acuerdo. Se dan cuenta de si practicamos lo que predicamos sobre el amor, la justicia y la reconciliación.
Entonces, Consejo Ejecutivo, permítanme ser muy clara: nuestros hijos decidirán si quieren continuar siendo parte de esta Iglesia basándose en gran medida en lo que ven de nosotros: cómo lideramos, cómo nos tratamos unos a otros, cómo encarnamos (o no encarnamos) los valores del Evangelio que proclamamos. No son observadores pasivos; están discerniendo activamente si la Iglesia que amamos es digna de su compromiso futuro. Es mi esperanza (de hecho, mi oración) que los hagamos sentir orgullosos de todo lo que hacemos y que, a través de nuestras acciones, les mostremos que ésta es una Iglesia que vale la pena elegir, que vale la pena amar y que vale la pena servir.
En tiempos de división nacional e incertidumbre global, nuestro testimonio profético debe estar arraigado en el Evangelio y no en el poder mundano. Cuando el cristianismo se enreda con el poder político y la identidad nacional, pierde su capacidad de decir la verdad a todos los poderes y principados. Nuestra lealtad es sólo a Cristo, Cristo cuyo reino trasciende todas las fronteras nacionales e ideologías políticas. Cuando abordamos esta santa obra con claridad moral y sensibilidad pastoral, demostramos un auténtico testimonio cristiano que puede ser a la vez profético y unificador, audaz y humilde, veraz y amoroso.
Mirando alrededor de esta sala, veo la increíble diversidad de dones y experiencias que cada uno de ustedes aporta. Quiero agradecerles personalmente por decir sí a este llamado a un servicio único en nuestra Iglesia.
Juntos, tenemos una oportunidad (y, de hecho, una responsabilidad ante nosotros) de modelar para un mundo dividido cómo es laborar a pesar de las diferencias hacia un propósito común. Cada trienio escribe su propia historia, desarrollando su propia manera de ser fieles a su vocación. No tenemos que hacer las cosas exactamente como se han hecho antes, y quizás no deberíamos hacerlo. Sin embargo, debemos permanecer firmes en nuestro amor por esta Iglesia, nuestro compromiso con la misión de Cristo y nuestra apertura hacia donde el Espíritu nos conduce.
Entonces, mis queridos hermanos y hermanas en Cristo, comencemos nuestro trayecto juntos con esperanza, con valor y sí, hasta con júbilo. Seamos audaces en nuestros sueños y fieles en nuestras acciones. La obra que tenemos ante nosotros es una obra santa. La comunidad que construimos juntos es más importante ahora que nunca. Y el Dios que nos ha llamado a este ministerio será fiel en llevarlo a buen término.
Es un honor estar aquí al servicio de ustedes como vicepresidente y que Dios bendiga nuestro ministerio compartido.





